
Foto: Maga Mistral
Tod@s somos dos o más. Adentro de cada una de nosotras habita una comuna de mujeres que se hablan, se pelean y a veces ni se conocen. Se miran de repente y luego, al dar la vuelta, ya se han olvidado de la otra.
Soy una y soy muchas, por lo menos cinco.
A veces una mendiga (sin acento) que pide, ruega, llora por el amor de los demás; que daría todo porque no la abandonaran, que sufre mucho si se ve de repente desolada.
A veces una méndiga (con acento), una tirana, una maldita que se ensaña con quien más la quiere, para sentirse superior, estúpidamente superior.
Otras, la aventurera más grande, la mujer más valiente y desafiante, la que descubre este mundo y muchos otros, la que busca con ojos de niña que las cosas la sorprendan.
Otras más, la espectadora, la pasiva, la inamovible, la frágil, la que necesita que la animen para hacer cosas, la que se paraliza y se pasa días enteros sin salir de casa.
Algunas, las más intensas, la hechicera, la que vuela, la que crea, la que sabe que lo sabe, la que no presiente lo que va a suceder, sino lo inventa; la que encanta con los ojos, la que seduce con palabras, la que salva a todas las demás de la desgracia o las hunde en el más oscuro de los abismos.
Así, todas ellas viven ahí dentro. Aparecen por temporadas y me abandonan por meses, a veces años.
He tenido por momentos la sensación de que soy una sola... es un engaño, un espejismo, las demás acechan el momento de su salida a escena; esperan el instante preciso para salir a salvarme o a joderme. No puedo desprenderme de ninguna de ellas, son mi corteza, mi centro, mi raíz, mi savia, mi nada.
No puedo hacerlo porque si no, no sería yo (ni yo, ni yo, ni yo, ni yo, ni yo... se levantan todas al unísono).